jueves, 20 de septiembre de 2007

Mis temores

Temía estar solo hasta que aprendí a disfrutar de mi propia compañía.

Temía fracasar y me di cuenta que es la mejor oportunidad para aprender.

Temía a lo que opinaran los demás y reconocí que lo importante es mi opinión acerca de mí mismo.

Temía la ingratitud y encontré que el dar era mi regalo.

Temía que me rechazaran y reconocí que la mayoría de los rechazos están en mi propia exageración.

Temía al dolor hasta que aprendí que yo podía retenerlo o soltarlo.

Temía a la verdad y descubrí en ella la oportunidad de liberarme.

Temía a la muerte hasta que aprendí a vivir con plenitud cada instante.

Temía al resentimiento hasta que me di cuenta que es a mí a quien hace daño.

Temía el ridículo hasta que aprendí a reírme de mí mismo.

Temí a envejecer hasta que encontré que cada estación tiene su encanto.

Temía al pasado hasta que reconocí que todo fue perfecto.

Temía al cambio hasta que encontré que en él estaban mis tesoros del futuro.

Compañe@, reconoce que el temor, siempre estará para recordarte que tú sabes ser más grande que tus sombras, como muchas, muchas veces lo has sido.

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martes, 18 de septiembre de 2007

Todos tenemos algo que dar, algo que aportar


ASAMBLEA EN LA CARPINTERÍA

Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y, además, se pasaba el tiempo golpeando.

El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo.

Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija.

Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás. Y la
lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro que siempre se
la pasaba midiendo a los demás según su medida, como si fuera el único perfecto.

En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Finalmente, la tosca madera inicial se convirtió en un lindo mueble.

Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo:

"Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos".

La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto.

Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos.

Ocurre lo mismo con los seres humanos. Observen y lo comprobarán. Cuando en un grupo se buscan a menudo defectos en los demás, la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio, al tratar con sinceridad de percibir los puntos fuertes de los demás, es cuando florecen los mejores logros humanos.

Es fácil encontrar defectos, cualquiera puede hacerlo, pero encontrar cualidades, eso es para espíritus superiores que son capaces de inspirar todos los éxitos humanos.-

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